Tres enemigos, por orden de gravedad
La luz
Es el factor que más daño hace y el único totalmente irreversible: un pigmento decolorado no vuelve. La componente ultravioleta es la peor, pero también la luz visible, acumulada durante años, destiñe.
Las contramedidas son simples: nunca sol directo, cristal con filtro UV en habitaciones luminosas y —si tiene varias obras— rotarlas. Una obra que pasa medio año en un cajón dura el doble.
La humedad
El intervalo seguro es 45-55% de humedad relativa, a temperatura normal de casa habitada. Lo que importa más que el valor absoluto es la estabilidad: el papel absorbe y cede humedad, se dilata y se contrae, y son los vaivenes repetidos los que producen ondulaciones y pliegues permanentes.
Por encima del 60% aparecen las foxing, las manchitas pardas redondeadas, y en el peor caso el moho. El baño y la cocina son las peores habitaciones de una casa. Un muro exterior frío es el peor sitio de una habitación.
Los materiales en contacto
Cartulinas comunes, cintas adhesivas, colas y madera sin tratar liberan ácidos que migran al papel y lo amarillean desde el punto de contacto. Todo lo que toque la obra debe ser sin ácidos: passe-partout de cartón de museo, charnelas o esquinas de papel japonés, y ninguna cinta adhesiva, nunca.
Si la obra no está colgada
Guárdela plana, no enrollada, en una carpeta rígida, con una hoja de papel de seda neutro entre obra y obra. Un tubo va bien para el envío pero no para la conservación: el papel toma memoria de la curva y a los meses no se aplana sin intervención.
El sitio correcto es un mueble cerrado, en una habitación habitada. Ni el sótano ni el desván: son los dos ambientes con las oscilaciones de humedad más violentas de la casa.
Limpieza
Sobre el cristal: paño de microfibra apenas humedecido, nunca espray directo sobre el marco —el líquido se cuela por el encaje y llega al papel. Sobre la obra: nada. Si hay una mancha o una ondulación que le preocupa, un restaurador la resuelve; un intento casero suele fijarla para siempre.